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Argentina
acaba de finalizar su quinto año consecutivo de crecimiento
en sus niveles de actividad económica. Lo que en las
economías consolidadas es un hecho común, en
nuestro país adquiere dimensiones de epopeya histórica:
nunca antes se había registrado un período similar
de mejoramiento de las variables que permiten hablar de crecimiento
del Producto Bruto. Antes, siempre el cuarto año fue
el vencido: luego de hasta tres años de crecimiento
se registraba un período de recesión.
Fueron muchos los factores que contribuyeron a que se produjera
tal situación. En primer lugar, debe recordarse que
la recuperación partió desde el subsuelo. El
índice de actividad cayó hasta niveles catastróficos
durante el bienio 2001/2002. Fue el sector agropecuario, favorecido
por la devaluación aplicada por el ex presidente Eduardo
Duhalde, el que traccionó la recuperación económica
con el resultado de la primera cosecha pos-Convertibilidad,
que movió los primeros resortes de un aparato productivo
casi totalmente destruido.
Paralelamente a esa devaluación, que terminó
con la ilusión de una paridad cambiaria ficticia y
a todas luces destructiva para la producción nacional,
se dieron una serie de circunstancias externas que ayudaron
a la recuperación primero y a la reactivación
luego. Con la competitividad recuperada por la alta paridad
fijada al dólar a partir de 2002, la demanda de commodities
en el mundo produjo un alza de los precios internacionales
de los granos, especialmente de la soja, que posicionaron
a Argentina de manera inmejorable en la captación de
divisas por exportaciones de productos primarios.
Recuperadas las economías regionales basadas en actividades
agropecuarias vinculadas a la producción de alimentos;
la mano de obra barata en el sector industrial dedicado a
las exportaciones o a la sustitución de importaciones
produjo también un fortalecimiento progresivo del aparato
industrial, que recuperó actividad hasta niveles francamente
sorprendentes e inimaginables pocos años atrás.
Las cuentas fiscales superavitarias se sostuvieron con impuestos
distorsivos que nunca se eliminaron. Los derechos de exportaciones
(tan resistidos por el sector agropecuario) fueron la "vedette"
de la caja recaudadora del Estado, pero otros tributos igualmente
dañinos, como el impuesto al cheque, o los gravámenes
que afectan a las importaciones de bienes de capital y las
inversiones de las empresas destinadas a mejorar la productividad,
nunca fueron eliminados. Y el sistema fiscal argentino siguió
con las complicaciones e ineficiencias que lo tornan inequitativo
e injusto. Sin embargo, el superávit fiscal fue defendido
siempre como un aspecto clave de la estrategia económica
y la relevancia de esa decisión merece un debate, independientemente
de las herramientas que se utilizaron para lograrlo.
La balanza comercial también arrojó saldo favorable
para el país. A lo largo de los cinco años las
exportaciones superaron claramente a las importaciones, aún
pese a las limitaciones que el propio Estado impuso, en nombre
de la defensa del mercado interno. Los productores ganaderos
y lecheros conocen bien de qué se trata este problema,
del cual Nuestro Agro ha venido ocupándose sistemáticamente
en este período. El récord de exportaciones
globales del país, con más de 55 mil millones
de dólares en productos vendidos al exterior, se contradice
con la caída del 40% que registraron los volúmenes
de lácteos exportados en el 2007, lo cual constituye
una buena muestra de dónde estuvo la parte más
delgada del hilo.
Todo este panorama macroeconómico sumó datos
positivos que produjeron la realidad del crecimiento a lo
largo de cinco años consecutivos, a un ritmo muy importante,
que nunca estuvo por debajo del 8% anual. Sin embargo, la
realidad colocó a la economía argentina frente
a cuellos de botella imposibles de disimular. Para superarlos
se necesitan estrategias a mediano y largo plazo, que deben
estar basados en una lectura apropiada de la realidad, con
la aceptación de los correspondientes diagnósticos
y la evaluación correcta de las posibles soluciones.
Sobran ejemplos de tales cuellos de botella. La generación
de energía, su transporte y distribución, está
en crisis desde hace por lo menos dos años. Desde finales
del 2005 se conocía que los problemas que finalmente
estallaron en el invierno y que se están repitiendo
con los picos de demanda de este verano, iban a producirse
más temprano que tarde. Cuando llegaron, no había
previsiones suficientes y sólo hubo tiempo para el
repetido cruce de acusaciones entre el Estado y propietarios
de las empresas de servicios privados. El resultado no podía
ser otro que la adopción de una serie de medidas improvisadas,
la insólita negativa del Gobierno a aceptar la crisis
y situaciones tragicómicas, como el hecho de que las
industrias estuvieran paralizadas mientras las marquesinas
de los grandes centros urbanos brillaban a pleno. Mientras
tanto, el Plan Federal de obras públicas sigue lento,
diluido y manchado por sospechas de corrupción, en
un país que requiere inversiones no sólo en
energía, sino también en infraestructura de
comunicaciones terrestres, fluviales y aéreas.
La inflación es otra sombra que oscurece la sustentabilidad
del crecimiento argentino (sin olvidar que la deuda externa
se ajusta por el índice inflacionario, debido al mecanismo
de indexación que tienen los bonos colocados por el
Estado). La mejor forma de combatirla es ofreciendo alicientes
a la producción de bienes y servicios, de manera que
la oferta se equilibre con la demanda. La carne y los lácteos
ofrecen los mejores ejemplos de que -lejos de interpretar
esa verdad contenida en los manuales más elementales
de economía- el Gobierno eligió actuar con la
sutileza de un elefante puesto a caminar dentro de una cristalería.
No es necesario explicarle a los productores y a los lectores
de Nuestro Agro los efectos colaterales de las políticas
implementadas por el Gobierno en nombre de la lucha contra
la inflación.
Los indicadores reales reflejan síntomas de una economía
que se recalienta y no se advierten aumentos significativos
de los niveles de inversión privados, que ayuden a
enfriar la economía sin impactar en el crecimiento.
No se puede crecer sostenidamente sin que se adopten las previsiones
necesarias para una economía en expansión. Sólo
así se pueden evitar los colapsos que, en otros momentos
de la historia, marcaron los límites precisos entre
el crecimiento y la depresión.
La renovación del mandato presidencial, con el consecuente
relevo matrimonial en la cúspide del poder, sólo
arrojó algunas señales positivas. Cristina Fernández
parece más realista que su esposo a la hora de analizar
la crisis energética y por cierto actuó con
un poco más de amplitud en el momento de tomar las
previsiones que el verano exigía. Tampoco tuvo la misma
rigidez que Néstor Kirchner en el manejo del conflicto
tambero, pese a que los actores que representaron al Estado
nacional hayan sido los mismos. Vale recordar un ejemplo:
en pleno conflicto, la intervención del Ministerio
de la Producción del Gobierno socialista de Santa Fe
fue bienvenida en los despachos de la Casa Rosada. Los intentos
similares del Gobierno peronista de Jorge Obeid en su momento
estuvieron a punto de costarle la cabeza al entonces secretario
de Agricultura santafesino, Daniel Costamagna.
Sin embargo, la metodología patoteril del secretario
de Comercio Interior Guillermo Moreno sigue vigente, lo mismo
que la manipulación de datos del INDEC (sobre el cierre
de la edición de Nuestro Agro se supo el increíble
dato de que la inflación del 2007 fue de 8,5%, algo
que ni el más devoto militante kirchnerista que haya
pisado un supermercado puede creer) y otras prácticas
negativas de la administración kirchnerista.
Todo indica que el panorama internacional continuará
siendo favorable durante 2008. Pero si el país quiere
prescindir de aquel dicho que le otorga nacionalidad argentina
a Dios es porque llegó la hora de diseñar y
aplicar las estrategias que lleven a crear las condiciones
para sostener el crecimiento sobre bases sustentables. Y para
eso falta mucho todavía, si nos atenemos a las señales.
Hasta la próxima.
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