El
2007 de la lechería se cerró con el vértigo
del conflicto instalado a raíz de la intervención
del Gobierno en los precios de la materia prima. La solución
llegó en el último día hábil
del año, con el significado de lo transitorio: el
acuerdo firmado es un compendio de buenas intenciones para
el futuro, pero sólo arroja como certeza el mantenimiento
del precio de la producción primaria y la fijación
de un precio de corte en 2.700 dólares por tonelada
de leche en polvo exportada. Nada extraordinario ni revolucionario,
más allá de la revalorización del Grupo
Lácteo como instancia de negociación y la
decisión de sumar, como expresión de deseos,
al sector comercial a las discusiones de cadena.
Si bien se eliminó el principal factor de discordia,
como era la amenaza del Gobierno de no autorizar exportaciones
si las industrias no respetaban los famosos 78 centavos
como precio de referencia por la leche de tambo, el año
no terminó como para descorchar a cuenta de brindis
futuros. Las causas que derivaron en la instalación
del conflicto están intactas y el acuerdo firmado
no fue más que un paño frío destinado
a calmar el ardor de la protesta. Nada más que eso:
un paño frío que no cura la enfermedad y apenas
disimula los dolores.
La realidad indica que mientras el Gobierno siga privilegiando
el control de la inflación de precios minoristas
y la demanda externa de lácteos se mantenga activa
como durante todo el 2007, la presión del mercado
sobre una producción que registró una importante
caída en el ejercicio que se acaba de cerrar continuará
vigente. Más demanda y menos producción sólo
pueden conducir a una suba de precios y la intervención
del Estado para fijar arbitrariamente los precios de la
materia prima sólo puede conducir a nuevos conflictos.
El eje de la cuestión está en cómo
aumentar la producción primaria. Sólo hay
una forma directa de hacerlo: asegurarle al productor una
rentabilidad sostenible y razonable para que pueda continuar
inviertiendo. Darle señales positivas. ¿Cómo
hacerlo? Hay maneras. Por ejemplo, liberando de gravámenes
impositivos a la importación de agroquímicos
destinados a las campañas forrajeras; subsidiando
el precio del gasoil a los tambos; proveyendo semillas de
alfalfa sin cargas fiscales; interrelacionando a los organismos
del Estado con las cooperativas para favorecer la adopción
de medidas de aplicación inmediata que contribuyan
a mejorar la rentabilidad.
Pero además hay otras cuestiones que revisar. Es
hora que se produzca en los tambos un cambio de paradigmas.
La rentabilidad no sólo se mejora cuando se cobra
mejor la leche, sino cuando se gasta menos para producirla
y eso se llama eficiencia. Un alto porcentaje de tambos
deben mejorar la producción de pasto y forrajes,
darle mejor confort a las vacas y gestionar sus establecimientos
evaluando sus costos de producción. Muchos productores
llegan a autoconvencerse de que están resignando
rentabilidad y dejan la actividad sin saber lo cerca que
se hallan de optimizar sus producciones.
Cierto es que el conflicto de diciembre dejó algunas
notas salientes. El poderoso secretario de Comercio Interior,
Guillermo Moreno, perdió una pulseada personal: el
acuerdo firmado, que contó con su rúbrica,
se concretó a espaldas de su gira por Franck, Sunchales,
General Rodríguez y Villa María, donde trató
de convencer personalmente –y en vano- a los tamberos
de que su propuesta inicial era correcta.
Salió fortalecido el Grupo Lácteo y la dirigencia
de las mesas de lechería, que debió soportar
algunas tormentas fuertes incluso en el plano interno, salió
airosa en el desafío que se le planteó ante
la presión de las bases –expresada con toda
contundencia en las reuniones de Nuevo Torino y San Francisco-
y su deseo de mantener canales de negociación abiertos.
También quedó expuesto que hace falta un mayor
sinceramiento en todos los actores de la cadena. Existen
muchas mezquindades encubiertas.
Otro ganador fue Hermes Binner, cuyo gesto de poner al Gobierno
de la provincia de Santa Fe a la cabeza de la conciliación
demostró que se puede hacer política productiva
sin necesidad de confrontar con el Estado federal, en un
marco de legítima defensa de una economía
regional clave para Santa Fe, como es la lechería.
Sin embargo, queda mucho por hacer. La industria nunca dejó
en claro un mensaje unívoco y firme respecto a la
problemática de fondo de la cadena láctea.
Con más énfasis en el "off the record"
que en público, responsabilizó al Gobierno
de atar las manos de la lechería, pero volvió
a demostrar que puede acomodarse con llamativa rapidez a
cualquier medida que implique pagarle menos al productor.
Esta vez los bloqueos no le dejaron margen de acción,
aunque esos bloqueos hayan tenido un pecado de origen: los
tamberos dejaron a salvo de sus acciones gremiales a las
industrias de la provincia de Buenos Aires, especialmente
a La Serenísima, cuando el objeto de la acción
impulsada por las bases era privar a los grandes centros
urbanos de la provisión de lácteos para alertar
sobre la situación del sector.
El ordenamiento de la lechería según los objetivos
planteados en las comisiones técnicas que se crearon
luego de las jornadas de lucha que los Tamberos protagonizaron
en el ya lejano 2002 es la gran cuenta pendiente. Hasta
tanto no se salde esa deuda, los paños fríos
serán cada vez más necesarios y llegará
el día en que resulten insuficientes para calmar
los dolores de la crisis. Hay acuerdos que deben comenzar
a implementarse lo antes posible.
* Periodista.
Redacción Nuestro Agro.
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