En más de una oportunidad los lectores consultan a los periodistas y a los editores de Nuestro Agro sobre aspectos que hacen a la "cocina" de la revista. Cómo se eligen los temas, cómo se accede a la información, qué fuentes son las más valoradas, quién (y cómo) selecciona las imágenes, qué periodista redacta determinada sección, etc. Surge así un intercambio intimista que siempre enriquece al editor o al cronista, porque de alguna manera lo acerca al interés real de los lectores.
Sucede también que a veces es el editor el que siente la necesidad de contarle el "detrás de la escena" al lector si bien las notas principales se programan con antelación, ocurre cuando llega la hora de cierre del material que se ha reunido, con el vértigo con que los periodistas solemos –y ahora nos atrevemos a utilizar la licencia de la primera persona- afrontar esas horas, y aparece la evaluación final de la edición. Es el momento en que decimos: a ver qué hicimos, qué le estamos ofreciendo en este número al lector, cuál es el mensaje que aparece como eje de la edición y qué temas se equilibran con el contenido.
Nos pasó en este número a la hora de elegir la foto de tapa. Teníamos dos entrevistas fuertes, testimoniales, de valor documental. No todos los días uno se encuentra con un hombre como Avelino Alberto, de 93 años, con su mente y su memoria en plenitud, pionero en la tarea de expandir la frontera agrícola, impulsor del primer semillero del centro norte del país, "descubridor" regional de la soja como cultivo del futuro. Tampoco está a la vuelta de la esquina un Onelio Barberis, uno de los grandes "señores" de la raza Holando, reconocido internacionalmente por el prestigio del establecimiento que fundó.
Son dos casos emblemáticos. Ambos se iniciaron cuando había muchísimo por hacer, partiendo casi de la nada. Avelino Alberto inició la experiencia del semillero Ra-Su cuando el Estado tenía una política agropecuaria definida: le interesaba expandir la frontera agrícola y entonces generaba herramientas para que productores destacados, como ya era el caso de Alberto, hicieran punta en lo suyo. Onelio Barberis contribuyó como pocos al desarrollo de la raza Holando guiándose por una vocación por la producción idéntica a la de Avelino, sólo que orientada hacia otro sistema, en este caso el lechero.
"Nunca me gustó perder a nada", sintetizó Avelino Alberto. Hablaba del deporte, de su pasión por el fútbol y del tenis, pero en cierta manera también reflejaba el espíritu de los hacedores, esos hombres que ven en los obstáculos una oportunidad para medir la dimensión de sus posibilidades. A Barberis tampoco le gusta perder a nada, y allí está la foto junto a sus trofeos, ganados en tantas exposiciones a las que llevó la calidad de una genética singular.
Alberto contó con orgullo su debut triunfal en Palermo, con dos bolsas de semillas que habían sido clasificadas con una máquina importada de Estados Unidos, que vino a revolucionar la clasificación de granos en la región. Barberis nos mostró, con idéntica satisfacción, las firmas de visitantes venidos de los rincones más lejanos del mundo que quisieron saber cómo se trabajaba en el Centro de Inseminación y Trasplante Embrionario de La Lilia, en el corazón de la cuenca lechera santafesina.
Los dos, Alberto y Barberis, ya no están al frente de los establecimientos que fundaron. No los vendieron, ni los enajenaron, ni le bajaron las persianas. Como manda la ley natural, se los legaron a sus hijos, a los que supieron inculcarles la misma pasión por la producción, el amor por el trabajo en el campo y la tenacidad para afrontar con éxito los desafíos más importantes.
En una época en que los hijos no valoran como es debido el esfuerzo de los padres, cuando las luces del siglo XXI encandilan y enceguecen a generaciones de jóvenes que toman distancia de las realizaciones de sus mayores, el ejemplo de Avelino y Onelio es el ejemplo de las familias Alberto y Barberis, como de tantas otras que, aquí y allá, marcan rumbos en la producción agropecuaria.
Son familias que expresan, a través de tres generaciones, el compromiso moral de los hacedores con la tierra que los formó y modeló como personas primero y como empresarios luego. A ninguno nada le fue fácil. Nacieron en una época en que mandaba la tracción a sangre, pero jamás le tuvieron miedo al progreso y a la tecnología. Consolidaron su patrimonio, pero nunca olvidaron la humildad de los orígenes. Se guiaron por las verdades simples que aprendieron de sus padres, y supieron trasmitírselas a sus hijos.
En la tapa, finalmente, elegimos la foto de los Alberto, respetando la mayoría de edad de don Avelino. Nos sentimos en deuda con don Onelio, aunque la riqueza de su testimonio -presentado en las páginas interiores de la revista con nuestro mejor esfuerzo-, seguramente nos aliviará la conciencia.
Queríamos ofrecer este homenaje a los hacedores, transformarlo en un mensaje a las generaciones presentes. Ayudar a interpretar, desde la palabra de dos hombres que le abrieron puertas a la tierra, desde su ejemplo de vida y trabajo, la naturaleza profunda de nuestra gente de campo. Cierto que no podían faltar en las páginas el debate sobre el futuro de la ganadería, la novedad de la clonación de una vaca excepcional, la demanda de obras de infraestructura para la producción o el análisis de la crisis financiera que mantiene en vilo a los mercados internacionales. Pero el mensaje es el de los Alberto y los Barberis: el campo merece ser vivido.
Hasta la próxima.



 

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