Bien
se podría comenzar a escribir la historia de su vida
empleando el latiguillo que los cuentos tienen para sumergir
a los lectores a una fábula que promete ser atrapante:
"Había una vez…"
Poder hacer tradición de la vida propia no es cosa
fácil. Hace 50 años, Onelio Barberis acuñaba
un sueño en blanco y negro muchas veces amenazado por
el desánimo aunque con la fuerza suficiente como para
sobreponerse y ver una nueva oportunidad de crecimiento frente
a la adversidad. Los años, le han enseñado que
la calma es lo último que debe perderse y que tanto
la constancia como el trabajo, son dos herramientas que brindan
la posibilidad de hacer grandes cosas. Sin embargo, Don Onelio
a sus flamantes 80 años echa por tierra con esta creencia
y demuestra que lo que la vida regala en vivencias, es un
tesoro que no tiene fecha de vencimiento. Hace 50 años,
él pensaba que con sus "ganas de hacer" podría
llegar a ubicarse entre las diez mejores cabañas del
país. Y no se equivocó. Incluso puede ubicarse
en un grupo aún más selecto. Este hombre que
a lo largo de toda su vida se brindó plenamente a la
crianza y desarrollo de una raza tan noble como lo es la del
Holando Argentino, recibió a Nuestro Agro con su habitual
hospitalidad y predisposición para hacer llegar a través
de su historia, un mensaje de optimismo a todo el sector de
la lechería. Los
primeros pasos
Desde el escritorio en el que la familia Barberis guarda
todos los premios cosechados por la cabaña durante
sus 50 años de trayectoria, el hombre de expresiones
casi quietas, acomodó su boina blanca tejida de hilo
y comenzó a recordar sus primeros pasos. Al momento
de narrar los orígenes de "La Lilia", Onelio
recuerda con gratitud la figura de Don Isaac Gutman, un
colono judío que no le regaló nada, pero que
le "abrió todas las puertas" para que él
pudiera crecer a fuerza de trabajo y dedicación.
En un momento de su narración, Onelio reconoció
que "no todo fue soplar y hacer botellas" al principio
de la cabaña. Él media su potencial y su fuerza
en relación a criadores de raza Holando que por aquel
entonces marcaban la tendencia, y en más de una oportunidad
se desanimó al tomar conciencia de la brecha que
había que salvar para ponerse a la par de la rueda
chica. Pero se aferró a su sueño y siguió
haciendo todo lo que estuvo a su alcance para llevar a lo
más alto el nombre de "La Lilia", nombre
que recuerda a su querida esposa, ya fallecida. "Tanto
yo como mis hijos llevamos la cabaña adentro nuestro.
Yo por más de veinte años perdí y gané
plata con la cabaña, pero siempre aposté y
hoy es una empresa de gran rentabilidad en la que todavía
tenemos muchísimo espacio para seguir creciendo",
reconoce Onelio, quien demuestra en sus conceptos una debilidad
por la innovación y por la constante búsqueda
de elementos técnicos y tecnológicos para
continuar avanzando.
Sin embargo, en los primeros años no fue fácil
encaminar su proyecto de una cabaña de primer nivel
y tuvo que sortear varios escollos para sacar adelante su
pasión más grande. Fue así como comenzó
a sembrar algunas hectáreas de lino en campos de
Curupaytí que pertenecían a Don Isaac Gutman,
hombre de la política bonaerense que periódicamente
se instalaba en Moises Ville para estar cerca de sus tierras.
"Recuerdo que tenía 22 años cuando conocí
a Don Isaac y al cabo de un tiempo terminamos siendo amigos.
Fue entonces cuando me confesó que había visto
en mí muchas ganas de hacer cosas y buena estrella
para los negocios, y que por eso mismo me había concedido
la posibilidad de sembrar lino en sus campos".
Onelio comentó que Isaac le había ofrecido
su propio arado de discos para trabajar las tierras y de
esta manera aquel jovencito loco por las vacas de Colonia
Aldao, se subió a su Ford T junto a un tambero que
tenía por aquel entonces, y partió a Curupaytí
a trabajar la tierra para sembrar el lino en los campos
de Gutman. "Muchas veces Isaac me motivó a sembrar
más y yo aducía que no estaba en condiciones
económicas de afrontar mayores superficies de agricultura".
Cuenta que ante tal situación, las palabras de aquel
hombre habían sido: "¿Tenés tiempo
Onelio?, porque si tenés tiempo es suficiente, por
lo demás no te preocupes". Al año siguiente,
Onelio con un solo tractor había sembrado 800 hectáreas
de lino en Curupaytí. Gutman fue a pasar sus últimos
años a Israel y periódicamente visitaba el
país, puntualmente Moises Ville, pero también
Colonia Aldao era uno de sus pasos obligados de su periplo,
fruto de la gran amistad que había surgido entre
ellos.
Onelio
y el Holando Argentino
La historia de Onelio y el Holando comenzó a escribirse
prácticamente al unísono. Desde joven y como
buen colono que se reconoce, su vida estuvo estrechamente
ligada a la lechería y particularmente a todo lo
vinculado con el mejoramiento de la raza. Por aquellos años,
Onelio ya había advertido que había un largo
camino que él estaba dispuesto a recorrer para lograr
que el Holando evolucione hacia la excelencia, aunque jamás
imaginó que el nombre de "La Lilia" llegaría
a un nivel de reconocimiento nacional e internacional: "a
nosotros lo que nos gustaba era producir leche y por aquel
entonces, recuerdo que ordeñábamos una partida
de vacas coloradas a las que le sacábamos la poca
leche que tenían. Fue entonces cuando entendimos
que se podía hacer más".
Desde entonces, los sucesivos viajes de Onelio a Buenos
Aires para reunirse con colegas y especialistas en la materia,
tenían como finalidad seguir incorporando las herramientas
de mejoramiento para aplicar a sus vacas y a su cabaña.
De esta manera llegan sus primeras experiencias en inseminación
artificial: "al principio como buenos piamonteses mirábamos
con cierto escepticismo todo lo relacionado a la inseminación
artificial, pero en el fondo sabíamos que era algo
que teníamos que poner en práctica y así
comenzamos con lo que había en aquel momento".
El crecimiento basado en el mecanismo de ensayo y error,
fue una constante de la filosofía con que este hombre
concibió su negocio a lo largo de 50 años.
Con muchas más satisfacciones que frustraciones,
"La Lilia" de la mano de Onelio y de sus hijos
Juan, Rubén y Horacio, sigue reinventándose
y apostando a nuevos proyectos.
Nadie mejor que Onelio puede dar testimonio de lo que la
raza Holando Argentino ha evolucionado reconociendo el espíritu
progresista de los cabañeros de "su generación"
entre quienes recuerda a Don Ricardo Armando, hombre que
figura en los memoriales como uno de los grandes hacedores
del Holando en Argentina y cuyo trabajo hoy es continuado
por una eminencia en la materia como José "Pipi"
Felissia, también mencionado y elogiado hoy por Don
Onelio.
Una
vida en el campo
Hasta hace apenas 8 meses Onelio, con sus ochenta pirulos,
era el encargado de comandar el campo ganadero que la empresa
tiene en Curupaytí, un lugar muy caro a sus sentimientos
de orígenes: "yo salía a las cinco de
la mañana de Aldao, llegaba allá y al mediodía
me comía un asadito con los puesteros y llegaba a
casa a las diez de la noche más fresco que como había
salido a la mañana". En esta grata anécdota
Don Onelio refleja su temple, del cual sus hijos se preocupan.
Como alguna vez lo confesó Horacio: "Nosotros
le decimos que afloje pero al mismo tiempo lo entendemos
porque todos venimos de la misma madera".
Pero un pequeño problema de salud le hizo comprender
que era momento de ceder el mando a los más jóvenes
y dedicarse pura y exclusivamente a mirar el trabajo de
toda su vida desde una nueva perspectiva. Mayúscula
fue la sorpresa de Onelio al ver el estado de lo que lo
que él mismo le había confiado a sus hijos
y nietos luego de apenas 8 meses de estar ausente en la
dirección de los campos ganaderos de Curupaytí.
Cuenta entre risas: "fui hace una semana y en apenas
8 meses desde que los chicos manejan el campo de Curupaytí,
debo confesar que lo veo muy mejorado". Y reflexiona:
"es bueno confiar en la juventud y animarlos a que
puedan hacer más porque ellos ven las cosas de una
manera diferente. Yo recuerdo que una noche llegué
a mi casa y pensé que no daba más, y entonces
le plantee a los chicos que se me dificultaba ir a los cinco
tambos. Fue Fabián entonces el que tomó la
rienda de los tambos y puedo asegurar que los dio vuelta.
Yo hice siempre al más o menos, pero él que
es veterinario desarrolló índices de todo
tipo y desde entonces la producción fue siempre fue
para arriba".
Su confianza en la juventud es absoluta, y la entiende como
una "fuerza necesaria", que debe ser combinada
con los años de experiencia, por eso "todos
los sábados la familia completa (de hombres) se reúne
a charlar, debatir y discutir los lineamientos de nuestro
trabajo".
Ilusiones
en marcha
Para Onelio, cada vaca preñada y cada ternero nacido
en su cabaña es una promesa que comienza a transitar
un camino: "cada parición que tenemos en "La
Lilia" es algo que yo no alcanzo a expresar debidamente
en palabras", reconoce sonriente el "Cacique"
de "La Lilia". Apenas nacidos, el primer detalle
en el que reparan Onelio y sus hijos es precisamente en
ver si ese ternero tiene chapa de campeón: "En
el lote, siempre hay algunos ejemplares que se destacan,
y nosotros tenemos la suerte de contar con un especialista,
que es Horacio, que no porque sea mi hijo pero reconozco
que sabe mucho y que tiene como un don con el alma del animal,
y cuando lo seguimos y lo trabajamos vemos que crece y evoluciona…
puede equivocarse, pero no tanto", comenta con picardía
Don Onelio, quien reconoce además que en las exposiciones
a pesar de tener muchos buenos amigos en la pista, el objetivo
es salir con lo mejor a ganar.
Cabaña "La Lilia" es una empresa familiar
compuesta por Onelio y sus tres hijos Juan, Fabián
y Horacio. Cada uno tiene asignada una función específica
dentro de la empresa lo que les permite tener un alto grado
de organización y gestión. Semanalmente, Onelio
se reúne con sus hijos para hablar sobre cuestiones
vinculadas al trabajo en la cabaña y en los tambos.
En ese sentido, habla con la satisfacción de haber
podido conformar un gran equipo que se complementa a la
perfección nada más ni nada menos que junto
a sus seres más queridos.
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