Vale
detenerse en el análisis del término
"negociación", que fue muy utilizado
por los medios de comunicación en los días
posteriores al paro, pero que sin embargo no es
del agrado de todos los productores. "Negociación"
implica acudir a un diálogo donde ya existe
un juicio previo, una decisión tomada o
(en el peor de los casos) una medida ya vigente.
Esto equivale a decir que el productor enfrenta
una mesa de diálogo siempre en inferioridad
de "condiciones", puesto que las medidas
siempre son impuestas por el Gobierno central,
nunca consensuadas y en todo caso sobre esa base
"se puede negociar algo". "Negociar"
es una acción que realizan aquellas personas
que ya recibieron una oferta que no les convence.
Entonces deben ponerse a buscar alicientes sobre
cuestiones ya resueltas y decididas de manera
inconsulta, en este caso, por el Gobierno; eso
posterga la creación de un verdadero Plan
Agropecuario para el país porque quién
mejor que el hombre de campo para asesorar al
Estado en temas estratégicos específicos.
Más allá de la potestad que el Gobierno
tiene para tomar medidas económicas, quedó
demostrado en infinidad de oportunidades el diagnóstico
equivocado que tienen sobre la realidad agropecuaria,
lo cual es motivo más que suficiente para
convocar al campo en una mesa de concertación,
no de negociación. De este modo, las entidades
podrían consensuar junto con el Gobierno
la estrategia de los próximos cinco años,
y no estar pensando (como actualmente sucede)
en cómo menguar o tamizar medidas regresivas
a fin de "negociar" algún beneficio
colateral, que en realidad termina siendo siempre
la elección del "mal menor".
Consecuencias
Secuelas
de una medida firme que alcanzó puntos
extremos y que se levantó a tiempo
El
paro agropecuario despertó una amplia adhesión
de la sociedad en su conjunto, al menos en el
principio de la protesta, aunque este apoyo comenzó
a flaquear a medida que pasaban los días,
con las respuestas de la presidenta y con el endurecimiento
de la medida de fuerza. Quienes en un principio
se mantuvieron expectantes, casi al margen de
los reclamos sin tomar partido comenzaron a sentirse
perjudicados por los cortes de rutas y entonces
la opinión pública, los medios de
comunicación y el ciudadano común
torció su parecer, empezando a criticar
la dureza en algunos piquetes y la falta de alimentos
en los supermercados y carnicerías de barrio.
Las consecuencias más lamentables fueron
las suspensiones de obreros en algunos frigoríficos
de la región central de Santa Fe y Buenos
Aires; de trabajadores de ferias y remates; empleados
de la actividad avícola y las pérdidas
de alimentos varados en el calor de las rutas
que debieron ser desperdiciados (pollos, leche,
carnes, frutas y verduras). EL desabastecimiento
terminó impulsando los precios de lo poco
que había en las ciudades más grandes
y el temor a que dichos valores no vuelvan a bajar,
continúa latente y bajo la lupa del Gobierno.
Un episodio que generó repudio fue el derramamiento
de leche cruda en las rutas. Se estima que alrededor
de 100.000 litros fueron desechados al costado
de los piquetes.
Un caso irremediable. Una ambulancia que transportaba
hacia Río Cuarto a un infartado grave,
debió desviar su camino más de 100
km hacia Villa María debido a la negativa
de un corte en Laboulaye de dejarla avanzar. Según
explicaron los médicos no llegaron a tiempo
para compensarlo en un centro de salud acorde
y el paciente falleció.
Son datos que hacen a la información más
triste que se generó en los 21 días
y que en cierta forma, llevaron a la decisión
de "aflojar" la medida y empezar a pensar
cómo continuar la protesta sin claudicar
ideales pero sin perjudicar a terceros.
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