La
rentabilidad del productor de granos
Caso 1: Tomando los datos de las fuentes citadas
al final del documento para el período
2007/2008, se llega a los siguientes valores por
hectárea, para maíz, con los precios
y niveles de retenciones actuales (ver Cuadro
1 y Gráfico 1).
Debe tenerse en cuenta que los gastos de comercialización
disminuyen si se vende el maíz para alimentos
balanceados u otro uso del mercado interno y aumentan,
por supuesto, si se vende para exportación,
en lugares más alejados de los puertos.
Vale la pena hacer un cálculo primario
del retorno del capital circulante invertido,
admitiendo que todas las labores se hacen a través
de contratistas. Tomando el supuesto más
desfavorable –además irreal–
de un desembolso concreto de todos los gastos
por parte del productor, al inicio de la siembra,
mas allá que los gastos de la cosecha y
envío a puerto son casi simultáneos
con el ingreso por venta, el beneficio bruto esperado
resulta del 91% y del 125% del capital circulante
invertido, en 8 meses.
En este marco se puede concluir en forma directa
que las retenciones son un impuesto a la renta
extraordinaria; que esta renta existe y que el
instrumento elegido forma parte del menú
de políticas que cualquier país
del mundo utiliza, como hace Noruega con la renta
del petróleo, por mencionar uno solo de
varios ejemplos posibles. Puede a continuación
discutirse cómo se asignan los recursos
del impuesto, pero eso es claramente un tema independiente.
La rentabilidad de un fondo de inversión
Caso 2: Maíz en campo arrendado (dólares/
hectárea). Aquí se supone que quien
arrienda es un gran fondo de inversión
con capacidad para obtener descuentos del 10%
en las labores, la semilla y la cosecha y del
15% en los agroquímicos.
Se estima que el costo del arrendamiento, sólo
para maíz, es de 350 dólares por
hectárea**.
Con estos datos la rentabilidad esperada, calculada
de la misma manera que antes, en 8 meses, resulta
del 32% para un rendimiento de 7 toneladas por
hectárea y del 65% para 9 toneladas por
hectárea.
Cabe consignar que en esta variante, el dueño
de la tierra tiene un ingreso de 350 dólares
por hectárea. Este valor es menor que el
que obtendría si asumiera el riesgo de
siembra, cultivo y cosecha, pero lo independiza
totalmente de realizar labor alguna y lo libera
de toda situación azarosa. Se trata de
renta pura. Si bien los campos tienen alta variación
regional de precios, si tomáramos el valor
de referencia como 5.000 dólares la hectárea,
el ingreso obtenido sería del 7% sobre
el capital fijo, tasa superior a cualquier colocación
financiera, a la cual se debe agregar la valorización
anual del campo y el posible uso de la tierra
para pastoreo los cuatro meses que queda libre.
La alternativa trigo-soja
Para no agobiar con números al lector,
se debe señalar que se han verificado las
rentabilidades de la siembra de soja de primera
o de la rotación trigo-soja, con los actuales
precios y niveles de retención, tanto para
productores como para fondos de inversión.
Los valores de ingreso neto esperados por hectárea,
para un productor, están entre 600 y 800
dólares por hectárea. Nunca menos
del 100% anual del capital circulante invertido.
Para un fondo de inversión, el beneficio
sería entre 150 y 350 dólares por
hectárea. Esto, medido en relación
a los fondos erogados, significa entre 15% de
ganancia en 6 meses y 70% en un año, según
las situaciones.
El núcleo del problema
Comienzo por admitir que no estamos hablando de
situaciones con absoluta certeza de resultado.
La naturaleza no es enteramente previsible. Sin
embargo, todos los datos presentados surgen de
rendimientos promedios y en ningún caso
de extremos favorables. Salvado este punto, caben
varias reflexiones.
Ante todo: la rentabilidad del negocio de los
granos hoy – con las actuales retenciones
- es superior a la de cualquier alternativa industrial
o financiera o también del propio campo,
si se compara con ganadería u otras variantes.
A pesar de lo anterior, los actores del sistema
confrontan su renta presunta con la que hubieran
obtenido si no se hubieran aumentado las retenciones
de la soja y el girasol, incluso con la que obtendrían
si no hubiera retención alguna y se sienten
despojados. En algunos casos, la sensación
es inevitable, cuando la medida se tomó
estando la cosecha en pleno desarrollo.
A diferencia de la producción industrial,
la producción agropecuaria se funda en
un factor de producción como la tierra,
no ampliable, cuya propiedad otorga derechos de
renta per se. Esto ha sido así siempre
y en todo lugar. La tradición del campo
argentino, en particular, es justamente que la
existencia de grandes extensiones en manos de
poca gente convirtió en arrendatarios a
quienes, disponiendo de pequeñas superficies
o de ninguna, se equiparon para trabajar campos
de terceros asumiendo parte del riesgo agrícola.
El trabajo de la tierra, con un porcentaje de
la cosecha destinado a recompensar a los dueños
de los predios, es tan antiguo casi como nuestra
historia económica.
Hay una convergencia de dos factores, sin embargo,
que han cambiado totalmente el perfil productivo
agropecuario, en los últimos 20 años.
Por un lado, la muy rápida difusión
de la siembra directa, con aplicación de
herbicidas y fertilizantes, que minimizan las
labores necesarias y permiten trabajar grandes
superficies en mucho menor tiempo que hace dos
décadas. Por el otro, la aparición
de capitales financieros enteramente ajenos al
campo, pero que basados en la mayor predictibilidad
de los actuales sistemas de siembra y cosecha
y en la asociación práctica con
empresas de labranza, comparan la renta posible
con las ganancias del plazo fijo o aún
de situaciones mucho más volátiles
como la bolsa de valores u otros esquemas de especulación
financiera, y la concretan.
La irrupción acelerada de estos capitales
pudo ser posible asumiendo mayores riesgos que
los arrendatarios tradicionales. En lugar de pagar
un porcentaje, debieron pagar – y pagan
– sumas fijas por hectárea, eliminando
todo riesgo en cabeza de los dueños de
la tierra.
La muy alta rentabilidad reitero, comparada con
el mundo financiero, atrajo inversores como moscas
a la miel. Aumentó la renta de la tierra
y luego el valor de la tierra, de manera nunca
vista antes en nuestra historia. Finalmente puso
a los propietarios ante los siguientes dilemas:
a. Propietario chico de 50 hectáreas. ¿Me
quedo con 25.000 dólares por año
de renta fija, arrendando para trigo-soja, o aspiro
a unos 40.000 dólares por año trabajando
la tierra? La primera variante habilita al pequeño
chacarero a intentar una empresa urbana, comercial
o inmobiliaria, con menos esfuerzo y riesgo. La
segunda variante produce mayor retorno, pero obliga
a correr detrás de contratistas o cosechadores
cada vez más seducidos para trabajar al
servicio de los grandes grupos. Muchos han optado
por el primer camino.
b. Propietario grande de 1000 hectáreas.
¿Recibo 500.000 dólares al año
de renta fija o aspiro a 800.000 asumiendo los
riesgos? Son muchos – muchísimos
– los que disfrutan de la primera opción.
Tengamos presente que estos propietarios son los
que siempre han dado en arriendo una parte de
su tierra. Solo que ahora las tasas son astronómicas.
c. En ambos casos –grandes o chicos–
se abrió el camino de una suerte de cadena
de la felicidad, ya que al percibir arriendos
en dinero, éste puede ser luego invertido
en los propios fondos de inversión, aumentando
aún más la rentabilidad, sin involucrarse
directamente en labor agraria alguna.
Las consecuencias sociales de la dominancia productiva
de los fondos de inversión han sido expuestas
en numerosos foros y no son exageradas en absoluto.
La despoblación rural y el empobrecimiento
de los sectores de servicios de los pueblos del
interior son consecuencias directas del nuevo
modelo. El bajo interés por las rotaciones;
el riesgo de contaminación hídrica
por exceso de nitratos o fosfatos; el riesgo asociado
a la diseminación sin ton ni son de envases
de herbicidas, no puede ni debe ser subestimado.
El esquema de retenciones, como se ha visto más
arriba, no elimina el negocio de los fondos. Lo
más probable, en realidad, que el aumento
de retenciones provoque la disminución
del costo de los arrendamientos a futuro, pero
mantenga el negocio de estos grupos.
En lo antedicho está el auténtico
núcleo del problema agrario de hoy. Siempre
hubo propietarios chicos y grandes; quienes explotaron
sus campos y quienes no. Pero el actual modelo
de producción rompió la relación
entre el capitalista agrario y la tierra. La instalación
del capital financiero como el dinamizador de
la producción agropecuaria provoca infinidad
de distorsiones negativas, que cualquier programa
sectorial debe intentar corregir.
Una conclusión preliminar
El conjunto de la sociedad no está siendo
bien informada sobre este conflicto. No se trata
de dirimir –en todo caso no es el punto
central – una puja distributiva entre los
chacareros y el Estado. Deberíamos aprovechar
la controversia y el conflicto para acordar un
modelo productivo que sirva a los productores,
también a sus regiones y al país
en su conjunto.,
La línea central de la política
debiera ser la desconcentración, que no
es otra cosa que favorecer a los que tienen las
raíces en la geografía argentina.
Estimular a los pequeños productores es
democratizar el tejido productivo. Es parte de
una redistribución de ingresos sustentable.
Fuentes:
Bolsa de Comercio de Rosario
Unidad de investigación y Desarrollo de
AACREA
Secretaría de Agricultura, Ganadería,
Pesca y Alimentos
Proyecto PRECOP del INTA.
Boletín Márgenes Agropecuarios.
*Ingeniero. Presidente del INTI.
** Desde Nuestro Agro interpretamos que el autor
utilizó el costo de alquiler por los 8
meses que ocupa el cultivo. Sin embargo, en nuestra
zona no es común este tipo de acuerdo y
se alquila por 12 meses o más, y en ese
caso el alquiler representa U$S 525 al año,
o $ 137,8 por mes/ha. (Ver página 40 -
Edición Marzo 2008)
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